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domingo, 9 de octubre de 2011

La Tempestad más feliz. López Tarso en la UNAM

Es un acto de gozo de principio a fin.
Una larga fila para entrar, otra un poco más breve para comprar boletos porque algunos espectadores previnieron con algunos días de anticipación. Espacios enormes con manchas de gente que se agrupan para entrar a los diversos recintos del Centro Cultural Universitario, el  más saturado, el  que sirve de antesala al Juan Ruiz de Alarcón.

Muchachas guapísimas; personajes de la cultura, el arte y la ciencia haciendo la fila orgullosos de que la UNAM nos ofrezca el mejor teatro del mundo a un precio mucho más barato que una película 3D y con actores legendarios de la escena mexicana.

Luego el programa de mano: ¿De dónde viene el reparto? ¿Cómo se armó todo este teatro? y la respuesta es, de todas partes: Del Instituto Nacional de Bellas Artes y de la Escuela Nacional de Arte Teatral, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, del Centro Universitario de Teatro y de la Asociación Nacional de Actores.

Algunos, más que la institución van a presumir de sus maestros. De la carpa, que es la más mexicana de las escuelas de teatro y donde el público educaba a gritos y albures a los actores, de ahí Rafael Inclán; De Ignacio Retes y Jose Luis Ibañez en el caso de Luis Couturier, a quien queremos tanto desde que lo veíamos en los audiolibros y videos con los que el Colegio de Bachilleres auxiliaba a los estudiantes de educación abierta; a Abraham Stavans, a Seki Sano.

El director Salvador Garcini nos explica que a 400 años de la  creación de William Shakespeare, en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón se reune la experiencia de toda una vida de actores maduros como Ignacio López Tarso, con la frescura de actores jóvenes, ávidos de aprender y contribuir con su energía a la creación colectiva del fenómeno teatral.

Y así ocurre sin menoscabo alguno de las palabras de Garcini, por el contrario hay que subrayar Fenómeno Teatral  porque que esto es precisamente lo que ocurre, un fenómeno, algo irrepetible porque aunque las tempestades son cíclicas y de hecho una cae ahora en la Ciudad de México, el fenómeno teatral de ver juntos a López Tarso y a Roberto Sen, la sensualidad de Paola Izquierdo en el papel de Ariel y la belleza virginal  de Lorena del Castillo. con la musculatura de Osvaldo de León en el papel de Fernando, la simpatía de los graciosos José María Seoane (Trínculo) y Roberto Duarte (Stéfano), contrastada por el drama de que le toca representar a Horacio García-Rojas (Calibán), hacen de este reparto, vale repetirlo, un fenómeno.

Hace no muchos años en un teatro del Centro Cultural del Bosque se había representado una versión libre de La Tempestad. no era mala, pero como si no hubiera existido al ver esta última puesta de la UNAM, con toda la fastuosidad de Shakespeare.

La pasión de Romeo y Julieta, la furia de los celos en Otelo, la ruindad de Ricardo III, la pérdida de la cordura del adolescente Hamlet y su enamorada Ofelia; el drama histórico de Julio Cesar, todas grandiosas y sin embargo El Perdón, tema central de La Tempestad, hace que esta sea la obra más feliz de Shakespeare.

¿Ser o no ser?, ese es el dilema es la frase más conocida en la historia del teatro, pero seguro la segunda debe ser esa en la que se dice que estamos hechos de la materia de los sueños.

En la Tempestad los sueños de grandeza envilecen a los príncipes como Antonio o Sebastían y a los súcubos como Calibán ; los sueños etílicos a Stéfano y Trínculo. También el sueño de justicia y paz con dignidad de Gonzalo va a acabar por salvarle la vida a todos, mientras que los sueños románticos de Miranda y los compasivos de Ariel, harán que Próspero, sin llegar al éxtasis de los enamorados, confiese que un padre y un mago como lo es él, no puede ser más felíz.

En esta Tempestad nos acompañarán la  música de violín en vivo, animaciones de mares furiosos, gritos de sirenas y voces hechiceras de las ninfas comandadas por Ariel a petición de Próspero.

Al final, cuando el protagonista nos pide aprobación para abandonar la isla con  la que nos ha querido dar una lección sobre el perdón y la materia de los sueños, cientos de espectadores nos comunicamos telepáticamente que queremos rendir un tributo de pie al maestro y sin director nos ponemos de pie simultáneamente gritándole bravos a López Tarso, pero también a Paola y a Violeta, las protagonistas de Ariel, que a través de su personaje nos han hecho soñar y recordar que existe lo etéreo y la magia del amor.

El beso entre el anciano vigoroso de López Tarso y la hermosa Paola Izquierdo, van a sellar este encuentro entre generaciones de mexicanos que aman y hacen teatro en México, y nos confirman que más allá del glamouor de Broadway, de los efectos especiales y las escenografías fastuosas, son nuestros escenógrafos universitarios, nuestros asesores de texto, nuestros traductores y adaptadores, los más talentosos del mundo.

López Tarso nos ha contado a Shakespeare con el ritmo y sencillez de un corrido de la revolución mexicana, nos ha regalado los versos más profundos, ha materializado la filosofía y con la ayuda de los mejores actores y teatreros mexicanos le ha dado sustancia tangible a nuestros sueños...

EPILOGO PRESCINDIBLE

En algún lugar de México estarán siendo arrojados los cuerpos torturados de mexicanos que seguramente no tuvieron la oportunidad de conocer a Shakespeare, o saber del perdón o de como el teatro, quizá como ninguna otra de las artes puede ayudarnos a elevar el espíritu, a conocer el valor del trabajo en equipo y a borrar las diferencias entre generaciones y clases sociales.

Y sin embargo sería tan fácil que otros sueños tomaran materia en lugar de tanta pesadilla.

Tres palabras podrían trocar el terror en esperanza, la venganza en perdón: Entusiasmo y ¡Puro Teatro!

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